lunes, 12 de noviembre de 2012

El secreto de los Tabonucos / Gilberta Caron

 El secreto de los Tabonucos
por Gilberta Anatonia Caron

Tabonuco, o también llamado “Candlewood” -por su resina fragante e inflamable- es el nombre de un árbol (nativo de Puerto Rico) que lleva alrededor de unos cinco siglos, erguido con absoluta firmeza, sobre la faz de esta tierra.  Puebla mayormente los bosques húmedos de esa isla y las Antillas Menores. Pero también crece en terrenos arcillosos de África y América del sur.
        Se dice de este árbol que es altísimo, y que por eso sus ramas aparecen muy arriba de su tronco cilíndrico y recto. Y su copa -de un verde oscuro bien intenso- siempre despunta por sobre el dosel del bosque, alcanzando una altura de hasta 36 metros.
       Sus hojas exudan un agradable aroma a pino, y su fruto es similar a oblongas aceitunas con una semilla adentro. También dicen que su tronco se planta en el suelo como la imponente y áspera pata de un elefante gris.
       La resina del tabonuco es transparente como ámbar, y al contacto con el aire se vuelve algo más blanco y denso. Se lo ha usado por siglos para velas y antorchas, botes, canoas, inciensos y hasta propósitos medicinales. Pero más allá de que sea un ejemplar bastante útil o bonito, ¿por qué me he sentado hoy a escribir sobre él?
       Sucede que este árbol hace algo –y lo ha hecho por cientos de años-  que me llama positivamente la atención: mientras los otros árboles de su bosque son arrasados por los feroces ciclones caribeños, el tabonuco, estoicamente,  se mantiene en pie. Y no lo consigue de pura suerte con este o aquel huracán.  Lo ha conseguido por siglos.  Tanto que terminó siendo la especie más resistente al embate de una tempestad.
       Mientras un cuarto de su propio bosque pierde follaje y es derribado –o incluso arrancado de cuajo- por vientos huracanados de hasta más de 150 km. por hora, este gigante perdura. Pero hay algo más: parece tener un marcado espíritu aventurero u oculta valentía (o por qué no una gran autoestima de árbol) ya que  siente preferencia por las pendientes y las cimas. Y en lugar de debilitarse ante terrenos escarpados o difíciles, se robustecen y ensanchan su diámetro.

        ¿Pero cuál es su secreto? ¿Cuál es su gran fortaleza?
Sí. Hay una fuerza secreta y un anclaje maravilloso que ha perfeccionado a través de los siglos. Un magnífico mecanismo de supervivencia que resume su éxito.
         A simple vista, estos árboles se encuentran dispersos por aquí o allá, insertándose en paisajes, bosques o planicies, como individuos separados de la misma especie. Pero bajo tierra es otra historia: los tabonucos buscan las raíces de otros tabonucos, entrelazándose amistosamente y formando una poderosa e invisible red. Se buscan de este modo no sólo para protegerse de los huracanes sino también para compartir savia y nutrientes.
        De esta forma, unidos por sus raíces, cuando llega el huracán ningún tabonuco lo enfrentará solo. A través de cada uno de ellos, corre y se despliega la potencia de toda una comunidad sincronizada de árboles hermanos. En los peores casos puede llegar a perder ramas y follaje,  sin embargo los vientos jamás voltearán su tronco.
         Pero hay algo más que me encanta de esta inteligente especie: aunque entrelacen y unan sus raíces, esto no interfiere en el desarrollo y crecimiento particular de cada árbol. No se quitan espacio ni se ahogan, no deforman su crecimiento ni sus rumbos, o sea: no pagan un precio individual por el beneficio derivado de un compromiso en conjunto.  Como tampoco pagan un costo personal por servicios recibidos de otros al momento de enfrentar problemas.
        ¡Han hallado una magnífica forma de aferrarse a sus congéneres y a la vez crecer y dejar crecer en libertad! Y de esta pacífica y solidaria manera proyectan al mundo todo su orgullo propio y también la magnificencia de su especie.
        ¡Cuánto podríamos aprender las personas de una actitud así! ¡Qué árboles sensatos! Si pudiésemos tener algo de la inteligencia de este árbol. Lo repito: aferrarse y ser libre al mismo tiempo.  ¿Suena fácil? Pensalo un segundo y verás qué fácil suena y qué difícil es de realizar en cualquier plano de la vida que te lo propongas.
        Pero su condición benéfica no termina allí, ya que las hojas que pierde son excelente abono para comenzar los cimientos del nuevo bosque que renacerá después del huracán. En síntesis: un árbol aislado puede caer. Pero no puede hacerlo todo un grupo de árboles aferrados por sus raíces. Y además: parece que hay una forma de enfrentar la vida unidos, sin que esto signifique resignar el propio crecimiento ni la individualidad.
        Por supuesto que me encanta lo que proyecta este árbol como metáfora de vida. Estimula mis pensamientos y también siembra algunas preguntas que tal vez con el tiempo me responda.
        Quise compartirlo, porque quizás les agrade esta historia y les aporte algo.
       Al menos a mí me hace pensar que si un árbol ha perfeccionado su existencia de una forma inteligente y solidaria, cuántas cosas el ser humano (que también es un hijo de la madre naturaleza pero además tiene un cerebro) podría solucionar con un poco más de generosidad,  sentido común, o sensatez.
  No lo digo yo, lo dicen los árboles. Y quizás habría que empezar a escucharlos.
Autora del texto: Gilberta Anatonia Caron
 
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